Las favelas a través de los ritmos brasileños de la samba y el funk

Esta presentación tuvo lugar el 25 de febrero de 2025 en la Universidad de Maryland, en el Departamento de Lenguas, Literaturas y Culturas.

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En esta presentación, he analizado las contranarrativas y la oralidad como tecnologías de la existencia para las comunidades negras y marginadas. He destacado cómo estas formas de expresión cuestionan las narrativas hegemónicas, actuando como estrategias esenciales de resistencia, preservación de la memoria y afirmación de la identidad. Estas prácticas son fundamentales para construir nuevas perspectivas sobre las realidades de las comunidades históricamente marginadas, promoviendo una revisión crítica de la historia y de las estructuras de poder que configuran la sociedad.

La presentación se estructuró en tres momentos clave, directamente relacionados con mi investigación de máster:

  • Instrumentos de tortura y silencio: En esta primera sección, he examinado los instrumentos de tortura utilizados durante el periodo de la esclavitud, analizando cómo estos dispositivos tenían como objetivo principal silenciar las voces negras. Este análisis es fundamental para comprender los mecanismos históricos de opresión y la supresión de la oralidad negra.

  • La samba y el funk como tecnologías de la voz: En la segunda sección, destaqué el papel de la samba y el funk como expresiones culturales que replantean la oralidad, actuando como herramientas tecnológicas de la voz en la época contemporánea. Estas manifestaciones artísticas no solo refuerzan la identidad y el sentido de comunidad, sino que también cuestionan los estigmas y las restricciones impuestas históricamente a las expresiones culturales negras.

  • La relación entre los instrumentos de tortura y las culturas negras contemporáneas: Por último, propuse una reflexión sobre cómo los instrumentos de tortura y las expresiones culturales negras brasileñas —como la samba y el funk— ponen de manifiesto el poder de la palabra, la reivindicación de la subjetividad y la afirmación de la identidad en el contexto actual. Esta conexión revela no solo la persistencia de las estructuras opresivas, sino también la capacidad de la población negra para resistir y reinventarse a través del arte y la oralidad.


Crecí escuchando palabras que, para el mundo exterior, no eran más que jerga, desviaciones de la norma o signos de un supuesto analfabetismo. Pero, según mi propia experiencia, estas palabras representan resistencia y creatividad, formas de poner nombre al dolor, a la alegría y a los retos. La favela siempre ha tenido su propio diccionario, un vocabulario en constante transformación. Nombrar es construir un universo y crear referencias que permiten navegar entre recuerdos, pertenencia y perspectivas.

Con el tiempo, empecé a reflexionar sobre cómo el hecho de nombrar es también un acto político, ya que existe un estándar impuesto que define qué palabras, historias y conocimientos se consideran válidos. Las narrativas hegemónicas sitúan a las personas de las periferias como meros personajes secundarios en sus propias historias, enmarcándolas en discursos que las marginan. En Brasil, el canon literario y las expresiones culturales están controlados en su mayor parte por una perspectiva blanca, de clase alta, masculina y cis-heteronormativa. Este modelo dicta lo que se considera legítimo en el arte, el conocimiento y la representación, al tiempo que silencia las experiencias de las poblaciones negras y marginadas.

Este silenciamiento no es fruto de la casualidad. El epistemicidio (CARNEIRO, 2023) de las poblaciones negras y periféricas se ha justificado históricamente, por ejemplo, mediante la doctrina católica, la cual, bajo la falacia de la promesa de salvación para las almas de los esclavos, legitimó la destrucción de sus conocimientos y expresiones culturales (MARCUSSI, 2013). Uno de los mecanismos más violentos de este borrado fue la prohibición de la comunicación en la lengua materna entre los esclavos. Esta estrategia no solo impidió la transmisión del conocimiento ancestral, sino que también distorsionó y fragmentó sus identidades culturales.

En este sentido, Frantz Fanon (2008) sostiene que «quien posee el lenguaje posee la cultura que este expresa», y destaca que la colonización del lenguaje fue un instrumento fundamental de dominación. Silenciar una lengua es silenciar a un pueblo, pues la lengua no es meramente un medio de comunicación, sino también un espacio de resistencia, memoria y continuidad histórica. Así, la imposición de las lenguas coloniales no fue solo un desplazamiento lingüístico; fue una estrategia de ruptura identitaria, un medio para desmantelar los lazos comunitarios y consolidar un sistema de opresión que persiste hasta nuestros días.

El proceso de dominación a través del lenguaje puede observarse en diferentes contextos coloniales. Fanon (2008) analiza la imposición del francés en Martinica por parte de los colonizadores en 1635, demostrando cómo la supresión de la lengua materna alejó a los pueblos colonizados de sus referencias culturales y epistemológicas. En Brasil, donde la colonización comenzó alrededor de 1500, se produjo un borrado lingüístico y cultural similar. Las personas esclavizadas, obligadas a expresarse en la lengua del colonizador, no solo perdieron un medio de comunicación, sino que también se vieron privadas del universo simbólico y de los significados que les proporcionaba su lengua materna.

DEBRET, Jean-Baptiste. Esclavo con máscara de Flandes. 1835.

Gabriel Nascimento (2019), al abordar el racismo lingüístico, destaca cómo la población negra fue sistemáticamente categorizada y subordinada a través del lenguaje. Obligados a adoptar la lengua de los colonizadores como única forma legítima de expresión, sus lenguas originales quedaron marginadas y, en consecuencia, sus experiencias e historias fueron silenciadas. Así, la imposición lingüística se convirtió en una herramienta para controlar no solo las palabras, sino también la propia voz y el poder del habla de la población negra, reforzando la jerarquía social y la opresión colonial.

Sin embargo, el lenguaje también se convirtió en un espacio de resistencia. Para los esclavos, la comunicación iba más allá del mero intercambio de palabras: permitía la creación de códigos, formas simbólicas de lucha y supervivencia. La oralidad, a menudo menospreciada en comparación con la escritura, debe entenderse como una tecnología para la producción de conocimiento y la construcción de identidad. En contextos de subordinación, como el de la población negra esclavizada, la oralidad no solo preservó y transmitió historias, sino que también se opuso a los discursos que pretendían silenciar estas experiencias.

Así, a lo largo de la historia, el lenguaje ha sido tanto un instrumento de dominación como una herramienta de liberación. Mientras que los sistemas de poder imponen normas y estándares que pretenden deslegitimar las expresiones periféricas y negras, las poblaciones marginadas recrean el lenguaje, transformándolo en un espacio de afirmación, memoria y resistencia.

Como señala bell hooks (2019), el poder funciona como un mecanismo que obstaculiza la libertad, pero dentro de cualquier estructura de dominación siempre hay espacios de resistencia.

En la actualidad, las contranarrativas orales cobran relevancia al cuestionar las versiones oficiales y ocupar espacios de expresión que históricamente se han negado. Al servir como herramientas que amplifican las voces y las experiencias vividas, la oralidad transforma el silenciamiento en afirmación, contribuyendo a la redistribución del poder en las narrativas dominantes.

Todo esto se debe a que, en Brasil, las comunidades negras y periféricas han sido objeto de estereotipos que distorsionan sus realidades y experiencias. Estos estereotipos, que en gran medida tienen su origen en relatos coloniales, siguen perpetuándose a través de una perspectiva eurocéntrica y prejuiciosa. La escasez de registros auténticos sobre la vida de las poblaciones negras ha reforzado esta distorsión, borrando sus identidades y sus historias reales.

Estos estereotipos actúan como mecanismos de control, naturalizando las desigualdades y justificando la opresión. Como sostiene Collins (2019), las imágenes dominantes refuerzan la idea de que la posición subordinada de las personas negras es inevitable, consolidando el racismo, la pobreza y otras formas de desigualdad como parte del orden natural de las cosas.

En el contexto de la cultura negra, la samba y el funk representan mucho más que simples formas de comunicación: son afirmaciones de identidad y resistencia. Estas manifestaciones culturales sitúan a las personas negras como sujetos activos en la construcción de su propia narrativa.

La samba, por ejemplo, creó un nuevo lenguaje que expresa no solo la cultura, sino también la lucha por la supervivencia y la preservación de la memoria colectiva. Aunque se reinventa constantemente, mantiene sus raíces en las manifestaciones de las clases populares y negras. Como destaca Diniz (2006), «la samba se extendió por todo el territorio nacional con los símbolos de la cultura negra» y siempre ha sido la voz de las periferias, enfrentándose a la resistencia de las élites.

La formación de la identidad brasileña, como señala Munanga (2008), estuvo marcada por estrategias eugenésicas que pretendían promover una imagen «blanca» de la nación. En este proceso, se ignoraron las contribuciones de las poblaciones negras y su participación en la construcción del país quedó borrada de la historiografía oficial.

La música, como forma de expresión cultural, siempre ha desempeñado un papel fundamental en la resistencia y en la afirmación de la identidad de grupos históricamente marginados, como las comunidades negras y periféricas de Brasil. En este contexto, la samba y el funk surgen como formas de contranarrativa, desempeñando un papel crucial en la transmisión de memorias colectivas y en la construcción de un sentido autónomo de identidad, basado en el conocimiento de su cultura.

Durante el Carnaval, la samba-enredo es una de las expresiones más destacadas de esta resistencia. La samba-enredo «Chico Rei» (1965) de la escuela de samba Salgueiro, por ejemplo, revive la historia del legendario líder africano que fue traído a Brasil como esclavo y que, gracias a su lucha, logró la libertad y el liderazgo. Esta samba no solo conmovió al público, sino que también exaltó el poder y la contribución de la población negra en la construcción del país. Otras sambas, como «Cangoma me Chamou» (1970), de Clementina de Jesus, y «Sorriso Negro» (1981), de Dona Ivone Lara, abordan la resistencia negra, cantando sobre la identidad, la belleza, el sufrimiento y la lucha por la afirmación de la población negra.

Clementina de Jesús

Sin salir del contexto de la samba, Azevedo (2006) destaca que, a principios del siglo XX, las reuniones de samba se caracterizaban por la oralidad y la repetición de las letras, ya que muchos de los participantes eran analfabetos. Este sistema de repetición, aunque sencillo, servía para fijar las canciones en la memoria colectiva. De este modo, la oralidad se convirtió en un elemento esencial de preservación y resistencia, manteniendo viva la memoria de una cultura que sigue reivindicando su espacio y su voz.

Hoy en día, la samba sigue siendo una de las principales formas de resistencia cultural. Sin embargo, junto a ella, el funk también se ha convertido en una poderosa expresión de resistencia y de afirmación de la identidad negra y periférica. Tanto el funk como el hip-hop comparten características de lucha y resistencia contra las desigualdades sociales, dando voz a poblaciones históricamente marginadas.

El funk, originario de las afueras de las grandes ciudades, especialmente de las favelas, refleja directamente las experiencias de sus creadores. Sus letras abordan temas como la identidad, la desigualdad, la libertad de expresión y la lucha contra los sistemas opresivos. Así, la oralidad se convierte en una herramienta fundamental en la búsqueda de la justicia epistémica y el reconocimiento social. Como señala Patrícia Hill Collins (2019), las experiencias vividas por estos grupos encierran un conocimiento esencial, fundamental para construir nuevas formas de entender el mundo.

En muchos sentidos, el funk es un grito de resistencia, sobre todo entre los jóvenes negros de las favelas, que utilizan la música para desafiar los estereotipos, reafirmar su identidad y buscar visibilidad en el panorama político y cultural de Brasil. Sin embargo, como suele ocurrir con las expresiones culturales que surgen de la periferia, el funk se enfrenta a la criminalización y a ataques —tanto simbólicos como físicos— en un intento constante por controlarlo y marginarlo.

Más que un simple género musical, el funk es un reflejo de una lucha constante y una forma de expresar lo que la sociedad suele silenciar. Desde la década de 1980, Brasil ha experimentado importantes cambios políticos, y el funk ha formado parte de esta historia, narrando los acontecimientos del país en un contexto en el que la cultura popular y las manifestaciones periféricas suelen carecer del apoyo del Estado.

El Estado no fomenta el movimiento funk porque no tiene interés en reconocer la expresión cultural de los grupos históricamente marginados. Las estructuras de poder no ven con buenos ojos la posibilidad de que estas personas puedan construir y expresar su propio discurso, ya que esto podría cuestionar y desestabilizar el orden social existente. Como señala Collins (2019, p. 146), los estereotipos pueden entenderse como la creación de «imágenes controladoras», es decir, representaciones diseñadas para hacer que el racismo, el sexismo, la pobreza y otras formas de desigualdad parezcan naturales, normales e inevitables en la vida cotidiana. Estas imágenes, cuando se difunden y aceptan ampliamente, no solo legitiman la opresión y la exclusión social, sino que también refuerzan la creencia de que la posición subordinada de ciertos grupos es inmutable. Por lo tanto, los estereotipos no son meras percepciones erróneas, sino herramientas ideológicas que sostienen y perpetúan las desigualdades, asegurando el mantenimiento de las jerarquías de poder en la sociedad.

El funk, en esencia, desafía las normas establecidas y, al hacerlo, transmite la energía y la voz de una generación que se niega a dejarse someter. La canción «Som de Preto», del dúo Amilcka y Chocolate, expresa claramente esta resistencia: «Es el sonido de la gente negra, de los habitantes de las favelas, pero cuando suena, nadie se queda quieto. Nuestro sonido no tiene edad, ni raza, ni color, pero la sociedad no nos valora, solo quiere criticarnos, cree que somos animales».

Desde las primeras fiestas callejeras de la década de 1990, el funk ha sido un género que fusiona diversos ritmos, como el soul y la música negra, y que prevalece en las favelas de Brasil. Su estética, a menudo considerada caótica, refleja en realidad la energía vibrante de las periferias, que, a pesar de la marginación, siguen generando cultura de una manera irreverente y poderosa. El funk surge, por tanto, para desafiar al sistema y a la narrativa oficial, dando voz a quienes son constantemente olvidados.

Archivo: Fernanda Souza/ Correrua

Al tipificar como delito estas expresiones, el Estado intenta borrar el poder del funk y la resistencia cultural de las periferias. Sin embargo, los ritmos de las fiestas de funk y la energía de la música hacen que, incluso ante la marginación, la gente se sienta viva, afirmando su presencia, su resistencia y su lucha con cada compás.

El funk conecta profundamente con los jóvenes, especialmente con los de las zonas periféricas, ya que refleja sus experiencias y dificultades cotidianas. La identificación con sus letras es innegable, ya que el género saca a la luz las aspiraciones, los retos y los deseos de una población desatendida por el Estado. De este modo, el funk se erige como uno de los mayores movimientos políticos y culturales de la actualidad, ya que se dirige directamente a quienes, a lo largo de la historia, han sido marginados y silenciados por las estructuras de poder.

El funk no se limita a las fiestas y las celebraciones; se erige como una forma de resistencia que exalta la vida y la cultura negra, poniendo de relieve su capacidad para crear y subvertir dentro de un sistema opresivo. El simple hecho de bailar en las fiestas de funk es capaz de desafiar estructuras rígidas, reivindicando el derecho al espacio y a la producción cultural.

Esta transición de la opresión a la afirmación de la identidad puede considerarse una inversión de la narrativa del silenciamiento. Si en el pasado los cuerpos negros fueron silenciados mediante la tortura y la violencia, la música —ya sea samba, funk o hip-hop— se convierte ahora en una herramienta de reconstrucción, de voz activa y de afirmación del poder. La presencia y la expresión de las personas negras en la sociedad contemporánea trascienden una mera respuesta a un pasado de subyugación; son la semilla de un futuro en el que su existencia no solo resiste, sino que florece.

El movimiento funk, al igual que la samba, encierra en sí mismo el poder de descolonizar el lenguaje. Mientras que los mecanismos de opresión intentaban menoscabar el habla y las expresiones culturales negras, ese mismo habla se convirtió en una herramienta de libertad. El funk, al igual que la samba antes que él, traspasa los límites de la gramática normativa y entra en el ámbito de la creación y la resistencia. Es una manifestación de identidad que recupera la oralidad. No se trata solo de reclamar un espacio, sino de afirmar, con fuerza y dignidad, que su historia, su cultura y su identidad son los cimientos de un futuro construido sobre la lucha, el arte y la memoria.

La samba y el funk, como ejemplos de resistencia cultural, muestran cómo la oralidad, incluso cuando ha sido controlada a lo largo de la historia, es una herramienta de resiliencia y lucha. El «buen discurso» — el que se afirma como sujeto de conocimiento, historia y cultura— es aquel que se niega a ser silenciado. A diferencia del silencio impuesto por siglos de opresión, el «buen discurso» se afirma y se reafirma, rompiendo las barreras lingüísticas y culturales de control que buscaban someter a la población negra al olvido.

Por todas estas razones, es fundamental que alcemos la voz, que se nos escuche. El funk, la samba y tantas otras expresiones culturales no son solo formas de entretenimiento, sino también de afirmación y resistencia. Nos demuestran que la cultura negra está viva, es poderosa e imposible de silenciar. Por eso, alcemos la voz, sigamos ocupando espacios y celebrando nuestra historia, nuestra identidad y nuestra lucha por la dignidad.

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